Es la persona, estúpido

Es conocida la frase de Bill Clinton a uno de sus asesores en la campaña hacia la presidencia de los Estados Unidos, acerca de donde debía hacerse foco: «Es la economía, estúpido».

Al decretar el control social preventivo y obligatorio a raíz de la expansión del COVID-19, el presidente de la Nación señaló que una economía que se cae puede recuperarse, pero una vida que desaparece, no. Optó por un paradigma que, apropiándome libremente de la expresión de Clinton, podría traducirse como: «Es la persona, estúpido».

Sí, es ella a quien se impone proteger. La pandemia tiene la «virtud» de haber puesto a la persona en el centro de la escena, más no como sucede al uso, es decir, de una manera retórica; sino de verdad, generando -más allá de errores inexplicables como, entre otros, la fotografía de cientos de jubilados en las calles argentinas la semana pasada- una verdadera política integral en favor de aquella: generación de barbijos; multiplicación de test preventivos; acondicionamiento de hospitales; adquisición de respiradores; entre tantas medidas gobernadas por el hashtag «quédate en casa» y que, en conjunto, testimonian una decisión que considera que el ser humano debe ser genuinamente tomado en serio.

Y esto vale, incluso, frente a la parálisis de la economía y, más aún, ante la tentación -persistentemente frecuente- de instrumentalizar a la persona por razones puramente «biológicas», otrora conocidas como el inexorable acatamiento de la ley del «más fuerte».

Dejaré a un lado el análisis de la cuestión económica, cuya gravedad es conocida y ante la cual se advierten progresivas flexibilizaciones en aras a su paulatina reactivación.

La cultura del descarte

Deseo concentrarme en la tozuda vigencia de la «cultura del descarte» (para seguir una expresión del papa Bergoglio) basada en situar como relevante al momento de resolver el destino de las personas, aspectos que la tradición judeo-estoica-cristiana sobre la que se estructura lo esencial de la moderna teoría de los derechos humanos, caracterizan como «accidentales»: raza; sexo; nacionalidad; religión; capacidad física e intelectual, etc.

Son conocidas las leyes «eugenésicas» que prosperaron en Occidente con el inicio del siglo XX (esterilización de criminales y enfermos mentales; restricciones a la inmigración; reglamentación de los exámenes físicos escolares y prenupciales; control de natalidad; permisión del aborto en mujeres discapaces el vigente inc. 2´ del art. 86 de nuestro Código Penal es un ominoso ejemplo de ello en tanto, como se lee en la exposición de motivos del proyecto, busca el «perfeccionamiento de la raza»).

El objetivo fue claro. Nuestro notable Joaquín V. González, quien tantas enseñanzas ha legado al derecho y a la política del país, no fue ajeno a dichas ideas. En su trabajo «Patria y democracia», en línea con su actuación como miembro informante del proyecto que propició la señalada norma del digesto penal postulaba la «preservación de la especie humana y el mejoramiento de la raza propia, por el estímulo y facilidad de las uniones sanas y fecundas, la incorporación migratoria de las mejores razas europeas, y la prohibición bajo la forma de impedimentos absolutos, para las uniones matrimoniales entre personas enfermas de males trasmisibles a la descendencia; y si aún los indicativos eugenésicos son inaplicables, por lo menos pensar en medios esterilizantes contra la propagación de los gérmenes de la degeneración de la familia, como núcleo social originario».

Concomitante, otro notable jurista, Karl Binding, a propósito de los «institutos para idiotas» presentes en Alemania, se planteó si «existen vidas humanas cuyo carácter de bien jurídico esté tan dañado, que su continuidad ya no tenga ningún valor, ni para sus titulares, ni para la sociedad».

Los ejemplos no parecen desaparecer en la actualidad: los impresionantes desarrollos médicos, al tiempo que hacen posible la gestación extrauterina, dan lugar a leyes que prevén el descarte y hasta la experimentación de embriones «sobrantes». Y en ese marco, a propósito del COVID-19, se escuchan voces que plantean una suerte de «laisser faire» de las leyes de la biología, de modo que el virus dicte su propio veredicto y arrastre a los más débiles (básicamente, los mayores y ancianos, pero no se excluyen otros grupos, ni siquiera los más pequeños, como lo revelan casos recientes). Como reflexiona amargamente Agamben, pensando en Italia, salvar la vida no une ya a unos con otros, sino que los separa, en una suerte, añado, de «sálvese quien pueda».

Derechos humanos

De nuevo, pues, la humanidad parece recrear -en patética demostración de no haber extraído ningún aprendizaje al cabo de la historia- el famoso diálogo platónico del «Gorgias», en el que el sofista Calicles postula que «la regla de lo justo es que el más fuerte mande al más débil», y que mereciera la contundente respuesta de Sócrates -que está en la base de la señalada teoría de los derechos humanos-, quien reivindica el reino de la razón; de la mesura; del autogobierno; en suma, de que es “más feo hacer una injusticia que sufrirla”.
Con todo, el cachetazo de la pandemia se revela como una magnífica oportunidad para rescatar el desafío lascasiano de que la “humanidad es una”, dejando atrás la modernidad altanera que creyó tener el progreso en un puño sin reparar en demasiados desatinos que, no por conocidos, fueron menospreciados, cuando no olvidados. 
Uno de ellos es, precisamente, la persistente cosificación de la persona en nombre, en no pocas circunstancias, de su paradojal elevamiento.
Ahora bien; en el camino de esta oportunidad es posible que emerjan situaciones dolorosas. 
La ausencia de respiradores nada menos que en la opulenta Europa (Italia, por caso) recrea el famoso dilema de la tabula unius capax: dos náufragos disputan la única tabla disponible. 
Duro desafío éste para los esforzados descendientes de Hipócrates que a diario reciben el reconocimiento de todos (también aquí)
Los clásicos españoles del siglo XVI dieron una respuesta, dramáticamente actual, a esa indeseada tensión: como principio, se debe atender a todos los pacientes; per accidens (por excepción), ante la falta de medios, deberán abocarse a lo que se pueda diligentemente hacer. Pero, y esto es lo decisivo, no media una “elección” discrecional; menos una “selección” fundada en razones inconfesables; a lo sumo, si cabe la analogía, una suerte de acto de “doble efecto” en el que, por perseguir un bien loable, se tolera (nunca se provoca) una consecuencia no deseada.
Es claro, en fin, que este tiempo de aislamiento permite preparar el terreno para evitar dilemas como el recién planteado. Pero cabría aguardar algo más. Desde ese supuesto concreto (y crucial), deberíamos proponernos desandar una senda bien opuesta a la aquí transcurrida y que nos ha llevado a la presente encrucijada. Acaso debería renacer en medio de tantas cenizas el legado mayor del Humanismo bien sintetizado por Pico della Mirandola: “de nada demasiado”; “conócete a ti mismo”; “atrévete a ser”.

Nota publicada en El Tribuno de Salta el 14/04/2020

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